Madrid ha tardado varios días en engalanarse para celebrar la ansiada “Noche en Blanco”. Esta tercera edición fue publicitada por todos los medios de comunicación. Mensajes, carteles, imágenes impactaban en cada calle para hacer saber a la sociedad madrileña lo que se iba a celebrar: todos los centros artísticos de la ciudad  abren sus puertas para que personas, de dentro o de fuera, de aquí o de allá, conozcan lo que hay tras ellas. La información en Internet y los folletos han circulado por doquier para avisar del gran evento.

Lejos de la realidad, en Madrid sólo había mucha gente e incomprensión por todas partes. La calle Alcalá estaba prácticamente sola y mal iluminada. En Gran Vía, una multitud de personas entraban a edificios desconocidos sin saber muy bien por qué. Los viandantes en Preciados se paraban a observar a los veteranos músicos y pintores que durante todos los días del resto del año pasan desapercibidos. Y, lo siento mucho pero, los fogones de la cocina de Alfonso XIII ya estaban apagados a la una de la madrugada.

Afortunadamente, los que admiramos el mundo de la fotografía, disfrutamos de una bellísima exposición de imágenes, en el Instituto Cervantes, donde los sentidos se transforman haciéndonos “propietarios”  de aquello que observamos. Y, para los que amamos el periodismo, Conde Duque, la Hemeroteca Municipal, el gran “baúl periodístico”. En el patio se alzaba una pirámide negra donde, sentados en el suelo y con los ojos cerrados, escuchamos una narración sonora de “los fusilamientos del dos de mayo”. Escalofriante. Por último, el Museo de 1808 en este baúl periodístico.

El camino a casa se hizo físicamente difícil porque, a cada instante, había que ir esquivando a individuos ebrios y botellas de vidrio esparcidas por todas las calles. Y cuidado también con los trabajadores del ayuntamiento: ¡te regaban con la manguera en cualquier descuido! Sin embargo, fue la compañía y la ilusión de descubrir el evento lo que ha hecho inolvidable esta “Noche en Blanco”.

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