Apenas era yo una adolescente cuando empecé a leer a Isabel Allende. A esta gran chilena desconocida entonces que me entusiasmaba con su lectura. El primer libro que leí fue “La casa de los espíritus” y quedé rápidamente prendida de sus palabras. Como casi todos, me lo regaló mi madre, quien después de muchos años de costura ha cambiado el bordado de las mantelerías por una colección de hojas impresas que la transportan a aventuras insospechadas. – Hijita, yo creo que Isabel es tan tonta como yo porque la entiendo estupendamente – me dice cada vez que termina de leerse alguna novela suya.

 

   Creo que como “La casa de los espíritus” e “Inés del alma mía” ninguno. Sin embargo, ahora he terminado de leer “La suma de los días”. Este libro es una pequeña biografía de su vida. Unas páginas que nos acercan más a ella, a su fortaleza, y que nos hacen entender porqué las heroínas de sus páginas albergan tanta valentía. Un amigo me preguntó que por qué me estaba gustando tanto el libro. Yo le contesté que no es que me estuviese gustando sino que encontraba tranquilidad entre sus párrafos. Isabel tiene una vida complicada, compleja y curiosa y, al compararla con la nuestra, hace que nuestros problemas cotidianos se hagan diminutos e insignificantes.

 

   Esta periodista y escritora ha tenido que vivir la represión de un país en dictadura, Chile. Hoy, esta californiana es hija, amante, mujer, madre, divorciada, abuela y amiga. Ha sido y es el amuleto de su familia, la cual permanece unida: ha hecho grandes esfuerzos por mantener cerca de ella a su “tribu”. Madrastra de hijos hundidos en el pozo de las drogas. Y también madre coraje por soportar la enfermedad de su hija Paula y tras ella, su muerte. Pocas personas conocen su pasado porque, como yo hasta hace unos días, no habíamos leído nada acerca de su biografía. No obstante, siempre me he preguntado de dónde emanaba esa magia, esa espiritualidad y ese misticismo que transmiten sus palabras. Ahora ya lo sé. Y me parece fascinante.

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