Hoy iba a hablar de la sentencia que dictó ayer el Tribunal Supremo. Decidió por unanimidad la ilegalización de ANV (Acción Nacionalista Vasca). La ilegalización de un partido independentista que nació en 1930 y cuyos orígenes siempre han sido, y serán, un secreto a voces. Sin embargo, otro tema enjalbega las paredes de mi mente.

 

   Anoche salí del cine de Callao exhausta. Admirada por la película que acababa de ver: “Los girasoles ciegos”. Sentía unas ganas tremendas de verla desde que la vi anunciar. Quizás por los recuerdos que las voces familiares me descubrían siendo niña. Quizás porque, indirectamente, me tocó vivir una parte. O no. Quizás por esta espina que tengo clavada, por esta inquietud de querer averiguarlo todo.

 

   La película en sí tiene una fuerza de incalculable valor. Pero, más allá de su calidad visual y su estética del montaje, el argumento transporta al espectador a una época donde el dolor y el recuerdo llenan el alma de aquellos que se pueden sentir identificados. No hay sangre ni violencia pura pero sí cánticos que reabren heridas. Cánticos que entierran las vidas de aquellos que soñaban con la libertad o, simplemente, con una vida tranquila y justa. Nos transporta a una época donde los literatos románticos y los poetas comunistas acababan siendo tiroteados y sus mujeres mártires, encerradas a cal y canto, asesinadas en las fronteras o viudas negras. ¿Y los hijos? Huérfanos, inocentes sin respuestas. Una época que hoy se quiere ya olvidar pero que solo unos pocos pueden.

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