Tuve la oportunidad de conocer la historia de José Jornet por casualidad y, aunque él lo ignore, lloramos juntos. Jornet fue un republicano español que, como la gran mayoría de su condición, tuvo que exiliarse a Francia para no ser asesinado. A diferencia de los que marcharon al país vecino, Jornet tuvo la mala suerte de caer no sólo en manos francesas, también alemanas: fue víctima del holocausto nazi. El 13 de diciembre de 1940 pisó el campo de concentración de Mauthausen. José Jornet contaba hace dos años con el corazón roto cómo 7000 españoles fueron asesinados hasta 1945. Fue testigo de numerosos asesinatos crueles: relataba con voz quebrada cómo la SS se divertía tirando a los prisioneros por escaleras de piedra; los ahogaban introduciéndoles mangueras de agua por la boca; les arrojaban agua sobre el cuerpo desnudo hasta que morían congelados en la intemperie; cómo remataban al que no moría utilizando un pico, la herramienta  propia del trabajo en la cantera.

La Declaración de los Derechos Humanos se consagró el 10 de diciembre de 1948 y bien es cierto que el suceso de este hombre data de 1940. No obstante, en la actualidad seguimos siendo testigos de sucesos escalofriantes donde la violencia se apiada de las víctimas más inocentes. Vayámonos a África, a Isla de Marfil, a Afganistán o a Irak. Sin ir más lejos, vayámonos a la prensa: cada día hay un artículo nuevo que nos revela la muerte de una mujer a manos de su marido. Cada día.

Una vez que los americanos le ganaron la batalla a los alemanes y liberaron a los presos de los campos de concentración, Jornet volvió a España. Falleció el 19 de abril de 2007. A pesar de que la vida le robó sus mejores años, este alicantino murió feliz a los 91 años. Falleció sin soltar su cigarrillo, elemento adherido a su mano que formaba parte de él desde el alba hasta que caía la noche.  Él pudo contar su experiencia en vida. Otros no corrieron su suerte.

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