Cinco años han pasado desde que llegué a Madrid. Madrid, ciudad de acogida, testigo y cómplice de un trocito de mi vida. Adoro Madrid. Pasear por el centro y contemplar los bohemios edificios cuyos muros escoden toda una historia. Unos muros que han sido testigo de años de pobreza y alegría, de guerra y tradición, de ausencia española y hoy, receptores de inmigración.

Madrid no es blanca ni gris, es también roja y amarilla. Convivimos en esta basta ciudad una diversidad de culturas debido a los movimientos migratorios originados por las necesidades económicas, y como no, por la violenta opresión en la que se ven inmersos determinados países. En ocasiones me gusta divagar por las calles de esta ciudad y veo miradas, y en cada mirada una historia, y en cada historia, una vida. ¿Qué esconden? ¿Qué callan? “El fenómeno de la inmigración” es la expresión utilizada por los Medios de Comunicación para referirse a la llegada masiva de inmigrantes a nuestro país. ¿Dónde están las políticas adecuadas para que la integración de estos individuos fuese eficaz? Los ciudadanos tienen el derecho a ser informados para conocer por qué estas personas viajan y se establecen en otro país exponiéndose a continuos peligros, riesgos y pesadillas: miremos al pasado, una vez nosotros también fuimos inmigrantes. Curioso. El observar a estas personas e involucrarme en sus vidas para conocerlas, me ha llevado a descubrir. He experimentado que en las grandes ciudades, la mujer inmigrante se esconde, vive aferrada a un miedo, a un trabajo, a un fin, quizás por su experiencia o por la opresión que le causa su entorno más cercano. No obstante, cuando viajé el pasado diciembre al sur, comprobé que el papel de la mujer era diferente, que sus vidas no estaban aferradas a un entorno y que sus ojos al mismo tiempo que transmitían humildad, también evocaban ilusión. ¿En qué nos diferenciamos?, ¿en el color de la piel?, ¿en los rasgos físicos? Ignoramos quiénes son. Desconocemos sus vidas. Volteamos el rostro cuando nuestros ojos se cruzan con los suyos. Pero no lo olvidemos. Son personas, como nosotros.

 

Fotografía: Ángela Paloma Mf

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