Los sábados suelen ser un día peculiar, no sólo porque es el comienzo del fin de semana sino también porque el quedarnos en casa nos da alergia. Ya desde el viernes mañanero estamos pensando qué vamos a hacer el sábado e incluso empezamos a pincelar el cuadro de los domingos. Sin embargo, la mayoría de los pintores somos poco originales porque el plan definitivo suele ser el mismo: salir de compras.

Esto no ocurre en todos sitios: en los pueblos de no más de 300 habitantes, los cabezas de familia se suelen reunir en el bar “para echar la partida” mientras sus mujeres se intercambian recetas en las cocinas de horno de leña; en los de alrededor de 5000, las familias y amigos suelen disfrutar de un día de sol o leña, según la época, para degustar unas migas o unas gachas manchegas (o la comida típica de la zona) en la huerta o en las tierras de Fulanito. Y en las ciudades y en las urbes capitalescas, se coge a los niños y se va a comprar. Se va a aunque no se necesite nada: “mujer, es por  salir, por sacar a los niños…”

Así pasa… Los grandes centros comerciales se quedan pequeños. Por rara que sea, no hay ninguna tienda vacía. Todo el mundo se ve las caras, se chocan de frente e intentan dejar paso. Y son los sábados cuando nos dejamos engatusar por lo atractivo de la decoración y por la música marchosa que estamos escuchando. Esa canción que no conocemos pero que, por puro marketing, nos incita a comprar. A comprar, por ejemplo, unos zapatos que no nos pondremos porque no combinan con nada pero, vaya, son monísimos. Así pasa… Que ya que salimos pues cenamos de paso y… ¿cómo no te tomas algo después? Es como si nos viésemos obligados. Después de un sábado así se me olvidó qué hacer el domingo…

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