Cincuenta y ocho años tienen las manos encalladas de este yesero manchego. Valentín me espera sentado, escuchando con asiduidad los debates políticos que está emitiendo por televisión el canal “Cuatro”. Lleva jersey y pantalones de género. En sus pies, unos caros zapatos: “son buenos, para que no me hagan daño”. Le gusta que lo escuchen. Siempre tiene algo que aportar ante cualquier comentario político. “La vida en sí es una política”, declara mientras se cubre la calva con ambas manos. Con decisión, Valentín levanta del sillón su metro ochenta de estatura para quejarse de un comentario inoportuno que acaba de escuchar acerca de la recesión española. Le encanta hablar de política pero no le conviene: se pone muy nervioso. No obstante, le gusta que lo escuchen. Aunque, últimamente tiene el habla tonta: hace apenas unos meses que estrenó unos dientes que no le pertenecen.

Es la hora de comer. Valentín espera sentado a que su mujer, como cada día, le traiga la comida. Él siempre espera sentado. Él llama, pide, y, espera sentado. Tiene apetito pero come con tranquilidad, degustando los torreznos y las migas que tan bien suele preparar su mujer: como a él le gustan.  ¿Un habano y un café después de comer?: sí, por favor. Muestra preocupación porque quiere que “mejore la situación de la gente obrera”. Le gusta que lo escuchen. Mientras él, siempre, espera sentado.

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