El olor a chocolate y la melodía que brota de un violín son los elementos que me dan la bienvenida al bajar del vagón de metro en Sol. El olor a chocolate nos invita a pecar y ser golosos. El violín… El violín es acariciado por manos… Manos que han mimado la música durante más de 70 años, las de un hombre mayor, bajito y canoso. Siempre va vestido con pantalones de género gris y camisa blanca y, de vez en cuando, también presume de sus tirantes. Su rostro enmarañado por las arrugas que han tejido en él el paso de los años transmite serenidad y tranquilidad al igual que su música. Siempre está concentrado en la nota que prosigue a continuación, la que dibuja en su violín. Siempre toca de pie y lee con pasión y sumo detenimiento la partitura. Una partitura sujetada por dos manos que, cómo las de él, también han soportado colecciones de pentagramas durante más de 70 años. Esas manos, las de su mujer. Es más alta que él y siempre va vestida como viuda que se presenta en misa cada domingo arreglada con sus mejores galas para no defraudar a Dios. Su pelo es un compendio de negritas, blancas y redondas. Siempre al lado de su marido está, de pie, concentrada, sujetando esa partitura y pasando las páginas sin que el veterano músico emita un leve gesto. Ella sabe cuándo y cómo. Él sabe cómo y cuando. Este matrimonio nos da una muestra de amor cada día y nos regala paz con su música al salir del vagón de metro de Sol. Es puro sentimiento el que observo. Es pura pasión la que escucho.

Anuncios