Una mujer valiente. Eso fue ante todo. Dicen de Maria Sklodowska que su rígido carácter la hicieron pelear en un mundo donde la mujer estaba vetada. En un mundo de hombres. En otro tiempo. Así se llamaba, Maria Sklodowska.

Nació el 7 de noviembre de 1867 entre el frío de la gran Varsovia, Zarato de Polonia, en el Imperio Ruso. Su padre, Ladislas Sklodowska, fue profesor de física y matemáticas y su madre, Bronislawa Boguska, maestra, pianista y cantante. Maria fue la quinta hija de este matrimonio.

Desde niña, Maria fue una amante de la lectura, de la historia y de la física. Sin embargo, su infancia se vio quebrada por las duras circunstancias en las que le tocó vivir. Con 9 años sufrió la pérdida de una de sus hermanas y, dos años más tarde, su madre la abandonó a causa de una tuberculosis.

A pesar de estos duros trances, Maria no pierde la esperanza de cumplir su sueño: realizar una carrera científica. Un sueño imposible para una mujer en aquel tiempo y en ese país: estudiar en la Universidad estaba prohibido para las mujeres.

No se rindió. Se sacrificó, estudió y trabajó hasta 1891, año en que decide viajar a París para estudiar en la histórica universidad francesa, en la Sorbonne. Allí vivió en un Barrio Latino sin más compañía que su ropa y sus libros. En 1893 obtiene la licenciatura de física y, un año más tarde, la de matemáticas.

Fue en ese tiempo cuando conoció a Pierre Curie: “que hermoso sería pasar la vida el uno junto al otro, hipnotizados con nuestros sueños: tu sueño patriótico, nuestro sueño humanista y nuestro sueño científico”. A la edad de 28 años, Maria contrajo matrimonio con él y pasó a llamarse Marie Curie. Dos hijas nacieron fruto de esa unión: Eve, que siguió los pasos científicos de sus padres, e Irène, que se decantó por el mundo del periodismo.

 

La científica Marie

Corría el año 1897, cuando Marie Curie, con el apoyo de su marido, decide hacer un doctorado de física. La científica quería intentar comprender el proyecto originario de Henri Becquerel, descubrir el efecto de la energía de los rayos uránicos, el efecto de la radioactividad espontánea. Este fenómeno produce que algunos elementos químicos, llamados radioactivos, emitan una fuerza cuya propiedad es impresionar placas fotográficas, producir fluorescencia, atravesar cuerpos opacos. Es decir, producen radiaciones. Sus estudios determinaron la energía que irradiaba de algunos elementos químicos, como el torio o la pechblenda, principal mineral del uranio más radioactivo que éste.

Ocurrió en 1898 cuando Marie y su marido Pierre anunciaron a la Academia de las Ciencias el gran hallazgo: el rádium. “El descubrimiento del rádium – escribió 25 años después Marie Curie – fue realizado bajo penosas condiciones. Ni siquiera teníamos un mueble para encerrar en él los productos radiantes obtenidos, que colocábamos sobre mesas y anaqueles. Recuerdo la extraña alegría que sentimos cuando se nos ocurrió entrar por la noche en nuestro dominio, y vimos por todos lados las siluetas débilmente luminosas de los productos de nuestro trabajo”.

Fue en 1903 cuando Marie publicó y defendió su tesis: Investigaciones sobre las sustancias radioactivas. Y fue en 1903 cuando los tres científicos, Marie Curie, Pierre Curie y Henri Becquerel fueron galardonados con el Premio Nóbel de Física por descubrir la radioactividad natural. No obstante, la felicidad duró por poco tiempo. Tres años más tarde, Pierre Curie perdió la vida al ser atropellado por un coche de caballos.

Tras quedarse viuda, Marie asume la cátedra de su marido. En su primera lección, un tema: la radioactividad. Y en 1911 fue galardonada de nuevo: se le concedió el Premio Nóbel de Química. Después, colaboró en la I Guerra Mundial con el manejo de los rayos X y presidió el Instituto del Radio.

Y, finalmente, a los 66 años, fue víctima de una anemia aplástica debida a tantas exposiciones radioactivas. A los 66 años, a Madame Curie se le apagó la vida.

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