Cuán distinta es la vida en los pueblos… De vuelta a casa, a la casa de mis padres, a la de siempre… Es aquí donde me doy cuenta. Después de pasar largas temporadas en la jungla madrileña, pensamos que en todos sitios será igual: las prisas, el correr, el poco sol, el bullicio del transporte, la muchedumbre multicultural, el contraste de la riqueza y la pobreza en una misma calle céntrica, tiendas abarrotadas, ejecutivos subiendo y bajando por esa Gran Vía, estudiantes abarrotando el metro a primera hora del día, inmigrantes arropados con cartones pidiendo limosna en cada esquina…

 No muy lejos de la capital, a unos 240 kilómetros aproximadamente, se encuentra Puertollano y Argamasilla de Calatrava. Pueblo minero el primero, agricultor el segundo. Castellano manchegos los dos. Mi tierra.

 En Argamasilla huele a humo y a leña al bajar del coche. Los domingos, entre las 6 y las 8 de la mañana, a las mujeres se las encuentran limpiando las rejas de las ventanas de las casas, los batientes, las puertas, de madera, tradicionales algunas, y las aceras. A misa van muchas mientras sus hombres se debaten las cañas en el bar del vecino, o de Quique… Aquí, todo el mundo se conoce, todo el mundo se saluda. Alegres son. Hospitalarios, también. Los jóvenes quedan. No se pierden sus chuletadas, ni sus partidos de fútbol ni de tenis. Los que tocan algún instrumento, como mi sobrino, ya casi un experto en el oboe, ensayan. Preparan ya el concierto de Navidad.

 Entre oficios artesanales pasan los días. Aquí hay pintores y herreros. Cesáreo es practicante. Arsenio vende, como dice mi madre, “de to”. A pesar de la larga espera, todo el mundo va a la ferretería, “anca” Laurentino. Y es que de todo hay en ella, de todo. Por eso, aunque atiendan lentamente, merece la pena esperar. Entre las rejas de su propia casa y con las ventanas abiertas, podemos ver trabajando al zapatero. Y, normalmente, un médico para toda la familia: Don Alfredo. ¿Y el de la viajera? Juanito, mi padre.

 Los que no están en el pueblo, están en las huertas. Arando o echando de comer a las gallinas. Ya huele la leña, ¿la notáis? Ya están preparando las migas, o unas patatas con conejo, o esas gachas que con tanto esmero preparan las abuelas y las tías… El pisto, en verano. Y el asadillo, también.

 Aquí la información llega, pero pocos le dan importancia. Igual que a la crisis. Pocos leen el periódico. Casi nadie. Los informativos de la televisión los ven de pasada. La radio es quizás el soporte más utilizado. Casi todo el mundo la tiene puesta en este pueblo, desde el camionero hasta el panadero. Invierten su tiempo en otra cosa: en su trabajo, en su familia, en sus aficiones campestres. Y, precisamente por ello, así son felices…

 

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