Hoy Madrid estaba vivo, lleno, latente. Nunca antes lo había visto igual. Pasear era imposible y comprar el regalo ideal para los seres queridos impensable. La Gran Vía estaba altiva, bonita, grandiosa. Y no sólo por la decoración navideña. También por la multiculturalidad que paseaba por ella. Más de un centenar de personas hacían amistad esperando en la cola de la administración de Doña Manolita. Deseaban comprar un décimo. Y es que, el sorteo de Navidad ya ha pasado, pero no el del Niño.

 

Don Quijote y Sancho Panza se perdieron en la Plaza de España. Ahora los rodean decenas de puestos artesanos. De todo se vende, de todo se encuentra en ellos porque… he pasado más de cuarto de hora metida en ese laberinto. Mi objetivo era encontrar a los personajes de Cervantes, os lo aseguro… ¿Y el sentido de la orientación? Creo que me lo dejé en casa.

 

El Palacio Real, iluminado y tan contemplado como cada día del año. Y la Plaza de Oriente abarrotada. Frente al Teatro Real, un coro cantaba villancicos a viva voz mientras la multitud escuchaba y aplaudía. Y los niños también. Todo estaba bien preparado, bien ensayado.

 

La calle Arenal y la Puerta del Sol abarrotadas de personas que iban y venían. Daba la impresión de que allí no cabía nadie más. Y en Preciados, un grupo de jóvenes portaban carteles de cartón que decían “¡abrazos gratis!”. Y, a continuación, chicas y chicos paraban a todo el mundo extendiendo sus brazos y preguntando felices: – ¿¡Un abrazo!? Y, mientras, los mimos entretenían y divertían. Y, mientras, ese olor a castañas asadas seguía imperando en este Madrid navideño…

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