Hoy Nieves se levantó temprano. Ha cogido su bata y se ha dirigido a la cocina. Una de las primeras acciones del día es preparar esa gran cafetera: sabe que, poco a poco, van llegando su marido y sus hijas. Todas casadas, menos la pequeña. Sin embargo, como un ritual, cada hija desayuna en la casa de sus padres cada día.

 

La pequeña, como su madre, se despierta temprano. Le da un abrazo a Nieves y le pregunta – ¿qué te pasa mamá?, te noto cansada… – Tu sobrina ha dormido con papá y conmigo toda la noche. Decía que tenía miedo… – responde sonriente. Aunque cansada por la mala noche, a Nieves le encanta que sus hijas y sus nietos vayan a visitarla a la habitación para jugar con ella en ese gran rincón del descanso. Le gusta para recordar que un día sus hijas fueron niñas, como sus nietos, y que un día estuvieron al calor de su protección.

 

Nieves ya ha salido. Acompañada por dos de sus cuatro hijas y por su nieta ha ido a comprar los últimos preparativos de la cena de esta noche. Está ilusionada. Sabe que es especial. Está feliz y contenta porque esta noche los tendrá a todos reunidos. A su marido, a sus cuatro hijas, a sus yernos, a sus nietos… No obstante, echará de menos a alguien. A ese que siempre habría el champán y hacía reír al resto al comer las uvas. A ese angelito que era para ella como un hijo… A ese hombre de 37 años que tanto abrazó y levantó en el lecho de su muerte. Ella le repetía una y otra vez: “Javi, hijo, vámonos a casa”. Nieves sabe que, aunque invisible, de alguna forma, él también estará…

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