Hace algo más de 12 años él me enseñó a conducir. El que ayer me acompañaba me enseñó a conducir. Recuerdo, cuando era niña, cómo le pedía a ese señor pequeñito que me enseñase, que me guiase. Recuerdo la mirada de mi padre cuando yo le insistía. Recuerdo su sonrisa cuando yo le pedía que me llevase a los viajes para que, al regreso, me enseñase a conducir. Recuerdo sus palabras: “acelera y al mismo tiempo que levantas el pie del acelerador, pisas el embrague y, cuando esté la palanca al fondo, cambias la marcha”. “Acelera, pero ve despacio. Tienes que controlar el coche. Debes de aprender a conducir antes que aprender a correr”.

 

Ayer, era yo la que conducía. Pero él, esta vez, no iba guiándome. Ayer, él iba seguro, confiado, tranquilo:

 

– Juan, le podemos llevar en ambulancia. Pero si lo prefiere, puede irse en coche.

– Sí, sí. Yo me voy en coche, me lleva mi hija… Me voy con mi hija…

 

Y su hija, la pequeña como él dice, fue quien lo llevó. Desde el hospital General de Ciudad Real, lo traje a casa…

 

El pasado martes, 17 de febrero, ingresó en el hospital de Puertollano en estado crítico. Y desde allí, lo trasladaron a Ciudad Real en helicóptero. En la UCI ha pasado los momentos más dolorosos y críticos de su vida. La incertidumbre, el saber qué pasará, ¿perderé a mi padre?, ¿se salvará?… Esos momentos también han sido los más críticos y dolorosos de nuestras vidas… Verle postrado en una cama, con la cabeza deformada, intubado, ahogándose, envuelta su cabeza en sangre y cardenales… Una situación que no esperas y, a pesar de las pocas esperanzas, lo abrazas y le dices que sea fuerte, que pronto volveremos a casa…

 

Estaba en su taller con su mono, como siempre, trabajando en su taller, con sus autobuses, una empresa que le ha costado toda una vida levantar. Toda una vida… Como siempre, con sus autobuses… Estaba en su taller arreglando, tensando, qué se yo que hacía con los frenos de uno de sus microbuses… Hasta que cedió el gato. Mi padre se encontraba debajo del microbús. Y el gato cedió… o falló…

 

El peso del microbús sobre la cabeza y el pecho de mi padre pudo haberlo matado. Pero no lo hizo. Se salvó. Mi padre quería vivir y se salvó.

 

El que me enseñó a conducir hace algo más de 12 años, ayer me acompañaba. Ayer, durante el trayecto entre Ciudad Real y Argamasilla de Calatrava, mi padre estaba tranquilo, confiado, feliz de volver a casa. Feliz, aunque sabe que la recuperación será lenta y dolorosa. Feliz porque estaba vivo y porque sabe que aún le queda mucho por vivir. Ayer, el que me acompañaba era un hombre pequeñito, un hombre de 67 años. Ayer, el que tenía cerca era un hombre luchador que ha sacado adelante a toda una familia, a cuatro hijas con el esfuerzo de sus manos y su trabajo… Ayer, el que me llevé a casa, por fin a casa, era mi padre. Mi padre…

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