Las personas, que normalmente piden limosna para sobrevivir, no son pocas en España. Y la crisis, que amenaza cada calle de cada ciudad, amenaza con aumentar la tasa de mendicidad. Unos viven en la calle, de cuyos cartones hacen su hogar. Otros en chabolas, que las abandonan de vez en cuando para conseguir algo de comida o algo de otras cosas. Otros, tempranamente enterrados bajos los puentes de las grandes ciudades. Y otros divagan a lo largo del día y duermen bajo techo en algún sitio. Éstos últimos consiguen algunas monedas en las puertas de alguna iglesia o se conforman con la caridad de aquellos que en otro tiempo les conocieron. Muchos de ellos, melancólicos, pasan la noche en las salas de estar de los hospitales.

En el hospital General de Ciudad Real, una mujer vestida de manera deportiva y cuyo pelo está recogido en una cola de caballo, duerme cada noche en la sala de estar de la UCI. Todos los días suele llegar hacia las nueve. Coloca dos sillas, una frente a la otra, saca su ración de comida de una bolsa que, por lo general, suele ser una hamburguesa de los típicos restaurantes americanos de comida rápida que hoy pueblan nuestras ciudades y, tras su degustación, saca unas monedas y se dirige a la máquina de cafés. Saca un chocolate caliente y, entre soplo y soplo, se lo toma despacio, muy despacio, mientras concilia el sueño. Hasta que cae rendida entre los dos sofás no sin antes haber encendido su móvil, haberse colocado los auriculares, y haber puesto la radio… Así pasa las noches… Cada noche. Con un habla pausado, cansado, y sin que nadie le pregunte, ella habla. Se dirige hacia cualquier persona que esté cerca y le asegura que su “abuela está muy enferma”: “mi hermana está aquí durante el día y yo paso las noches”.

A pesar de ser el día del padre, Ramón está solo. A este hombre lo conoce prácticamente todo el mundo en Puertollano. Y todo el mundo asegura que es un buen hombre y una gran persona. Ramón llegó esta tarde a la sala Urgencias del hospital Santa Bárbara con un cansancio atroz. Nada más llegar a las puertas del exterior, se paró, se quitó la chaqueta, una bandolera que lleva colgada en cada paseo y aparcó su bastón, decorado su puño con la cabeza de un galgo corredor. Llegó respirando con mucha dificultad. Tras coger aire, este hombre pequeñito de escaso pelo y barba canosa, sacó de su bolsillo un aerosol. Parece ser que siempre le acompaña. Le ayuda a respirar. Inhaló unas tres o cuatro veces de manera continuada. Y tras este ejercicio, liberó su pata de palo, de esas de madera. De esas que llevan correas de cuero para sujetar una media pierna mutilada por el tiempo y el dolor de algún accidente. De esas que salen en las películas de primeros de siglo. De esas que tallaban los carpinteros con espero para los que perdían medio paso en el fragor de las batallas. La pata de palo de Ramón está curtida y desgastada por el paso de la historia y el tiempo, el sol y lluvia, el calor y la pena. Ramón duerme y descansa en la sala de espera, en Urgencias, en este hospital de Puertollano. Un hombre gitano, a cuya hija esperaba (estaba enferma del corazón), decía que Ramón tiene una gran casa, que tiene mujer e hijos, grandes y criados todos. “Tiene familia pero está solo”. Este gitano moreno decía que Ramón había sido un buen hombre toda su vida: “de pequeño, ¡anda que no me ha dado a mi de comer!”. “¡Con lo que ha sido Ramón! ¡Qué lástima de hombre!”, decía reiteradamente con su deje gitano. Vestido con camisa de cuadros, sudadera deportiva azul y pantalones claros de pana, Ramón dormía encorvado en una silla de metal sin preocuparle las penas de aquellos que a su alrededor le acompañaban. Este gitano de 64 años, altivo y eternamente delgado, antes de marcharse del hospital se acercó a una máquina, sacó un chocolate calentito y le dijo a Ramón: “¡tómatelo despacito! ¡Todo! ¡No dejes que se enfríe!”.

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