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Aparece en los periódicos un hombre en quien debemos reparar. Su nombre es Tsutomu Yamaguchi. Sorprendente es la historia que cuenta. Es un superviviente de 1945. En ese año, un ataque estadounidense se cobró la vida de miles de personas. En ese año, la bomba atómica caería sobre Hiroshima y Nagasaki. A Yamaguchi el destino le tenía reservado un momento trágico: vivió en primera persona los atentados de las dos ciudades. Pero, afortundamente, la suerte le ha acompañado a lo largo de toda su vida… Este japonés de 93 años lo cuenta.

Al percatar la experiencia de este sobreviviente, me viene a la cabeza una obra que leí hace algo más de un año. Se titula Hiroshima, valga la redundancia. La tinta corría de la mano de John Hersey que, con palabras sutiles, directas, carentes de un estilo literario dórico, jónico o corintio, narra de manera noticiosa el acontecimiento. Lo narra tal como fue desde la perspectiva, en primera persona, de varios testigos que soportaron tan horrendo espectáculo: cuatro hombres y dos mujeres. Leer estas páginas no sólo suponen una lección de periodismo, también engordan las ansias de conocer, de saber más desde otro punto de vista. Mientras Truman Capote acusó a Hersey de ser “un simple mecanógrafo”, otros periodistas, como Arcadi Espada, calificaron su trabajo como “el mejor reportaje jamás escrito por un americano”. Un mecanógrafo, sí. Y una obra espectacular.

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