NACER, crecer, sentir, vivir, soñar… No son pocas las personas que con el paso del tiempo apuntan más alto en su vida sin apenas darse cuenta… No son pocas las que viven enamoradas de su profesión… Viven soñando y luchando constantemente para conseguir aquello que una vez fue quimera… Sus cabezas funcionan por y para, y la mayoría de las ocasiones se sienten ajenas a lo que acontece a su alrededor y al margen de las cosas que les sucede a las personas de su entorno, a las que siempre ha querido, las que siempre le quisieron y las que siempre le querrán. Quizás estas personas sólo puedan tener una debilidad: la posibilidad de encontrarte sólo, la soledad…

Y de repente un día te levantas, coges la mochila y vas a visitar a una tus mejores amigas. Viajas con la ilusión de reencontrarte porque sabes que esas amistades nunca se deterioran con el paso del tiempo, quizás porque sabes que nacieron para estar juntas de por vida, ocurra lo que ocurra. Eso es lo bueno de la verdadera amistad, que el paso del tiempo no pasa para ellas, siempre es el presente. Y ves a esa amiga, la abrazas, la besas, la sientes, como cuando la sentías de pequeña en ese colegio en el que crecisteis, donde el comer en el comedor era la pesadilla diaria de cada día, donde toparse con una “Lidia” era lo más temido, y separarse no cabía entre tus pensamientos. Y a medida que pasan las horas y conversáis, te preguntas a ti mismo dónde has estado todo este tiempo, dónde has estado mientras a esa amiga le han pasado tantas y tantas cosas y en las que has querido estar pero no has estado. ¿Dónde has estado todo este tiempo…?

Y es entonces cuando uno se da cuenta de la importancia de su persona, porque uno/una no es sin los demás, sin esa amiga a la que le suceden tantas cosas, sin esas amigas que están tan sólo a una llamada a pesar de los kilómetros que las separan, sin esa familia que vive, sueña y lucha contigo. Porque una vive, pero sin ellos no es…

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