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EL número de suicidios entre los soldados estadounidenses es cada vez mayor. En 2007 fueron 115 los militares que se quitaron la vida. No obstante, en 2008 esta cifra llegó a sus máximos. Se ha confirmado que el número total de muertes voluntarias en este cuerpo de seguridad asciende a 143.  

Los factores que explican este hecho son diversos, pero los superiores aseguran que este problema se ha intensificado desde que comenzaron los despliegues masivos en Irak y Afganistán. Un 30% de los soldados en activo que se suicidaron el año pasado estaban en zona de combate en el momento de su muerte. Y para un tercio de ellos, ese combate era el primero. 

El ejército de Estados Unidos ha querido poner remedio llevando a cabo diversos programas psicológicos para ayudar a aquellos militares que tengan problemas. No obstante, el horror, la muerte y la miseria son realidades difíciles de evitar en la zona de conflicto en cuestión.  

El cuerpo de Defensa americano puede ser entrenado para afrontar las situaciones más difíciles y ejecutar las órdenes más violentas y sangrientas. Sin embargo, ningún ser humano es omiso ante la barbarie de la guerra, ante la cruda realidad cuando la vive y la sufre de cerca. 

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Mi Solete, esa niña de mi alma... Por Ángela Paloma Martin

Mi Solete, esa niña de mi alma... Por Ángela Paloma Martín

 

Ayer, sábado, pasé una tarde campera, humilde y hogareña con mi familia. Entre la lumbre chisporroteante, había algo que celebrar. La pequeña de la casa, mi sobrina Sara (o Solete como solemos llamarla) cumplirá mañana 8 años. A pesar de que su padre no puede estar para verla crecer y soplar las velas, tiene suerte de tener a tanta gente su alrededor, a tanta familia que la adora.

 

Y no sé por qué, en un momento determinado de la tarde, me acordé de las víctimas de estas pasadas semanas en Gaza, me acordé de quienes sujetan las armas en el Congo, de quiénes van descalzos en el Sáhara. En el Sáhara y en tantos otros países que surcan el África seca e infernal. Me acordé de esas víctimas pequeñas, inocentes e indefensas. Me acordé de lo injusto que es apagar la sonrisa de un niño. Robarle la vida y la infancia. Lo injusto que es apagar una carcajada. Me acordé de la injusticia que supone no volver a abrazar esos cuerpos pequeños que con tanto cariño te abren sus brazos solicitando amor.

 

Y al ver a mi sobrina sonreír, al abrazar a esa niña rubia, esa niña de mi alma, que tanta felicidad despierta al resto de mi familia, me acordé de tantos otros niños que también merecían sonreír. Y, que sin pedir permiso, les apagan la vida…


Este frío. Es este frío. El que vivimos. El que sufrimos y respiramos cada día. Es este frío el que corta el rostro andante, caminante. Se cuela en cada hueco. Busca el resquicio virgen para llenarlo, para contaminarlo con su gélida zozobra. Es este frío el que baña de amargura a cada alma callejera. Es este frío cortante el que arrasa. El que abrasa. El que alimenta la angustia y la pena.

 

Es este frío el que sentimos. Sentimos el frío en nuestro cuerpo como un cuerpo ajeno. Así es este frío, ajeno a nosotros. Yermo, inerte, ajeno. Así es este frío. Como el que siente Europa y muere. Y no llega el gas y viene el frío. Y mueren. Eslovaquia, Bulgaria, Rumania muere.

 

Como muere Gaza… Es este frío…Vino Israel, la muerte y el frío… Y muere Gaza. Niños hambrientos sobre los cuerpos calcinados de sus madres. Ambulancias que no llegan. Médicos que no viven, sólo salvan… si pueden… Y no viven. Heridos, sangre, destrucción y muerte. Este frío… Palabras heladas de frío se pasean entre los tanques, caen con las bombas… Caen con ellas y mueren. Dichoso frío que va en cada disparo congelando las almas de los inocentes. Y hombres y mujeres y niños huyen. Huyen del plomo frío… Del plomo frío que les persigue a cada instante… Huyen del plomo frío porque mueren. Sufren, sienten el frío entre sus carnes, entre la piel desgastada por el llanto, en su corazón, seco ya de desesperación y desgarro…

 

Yermo, inerte, ajeno… Así es este frío…


abelgalois.blogspot.com

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Anoche la casa estaba en silencio. Me encanta disfrutar de esa armonía mientras paseo por ella, mientras cierro cada puerta y la preparo para la noche. Eran aproximadamente las 12 cuando empecé mi ritual literario. Entre palabras impresas me gusta perderme cada noche antes de conciliar el sueño. Es una aventura mágica e intensa que no cambiaría jamás…

 

“Ébano” lo trazó la pluma de Ryszard Kapuscinski (1932-2007), un polaco  dedicado por entero al periodismo y al reporterismo a pesar de haber estudiado arte e historia. Cubrió las guerras del África entre los años 50 y 60 y en este libro cuenta algo más de lo que ocurrió, quizás lo que no cabía en su periódico, en los espacios designados para sus crónicas. Cuenta muchas cosas, muchas. Muchas cosas que no sólo deberían saber aquellos discípulos que lo leen, sino la sociedad entera.

 

Hace poco asistí a un seminario sobre “Defensa y Seguridad”. Allí hablamos del poco conocimiento de la opinión pública acerca de la política internacional, de las guerras que, muchas veces por intereses económicos, no se cuentan. También hablamos de la poca formación periodística que se ofrece, de la escasa especialización. Es por ello quizás, y también por el poco espacio que se ofrece en los medios de comunicación, por lo que existe una brecha en este conocimiento.

 

Anoche, perdiéndome entre las palabras de “Ébano”, caí en la cuenta de algo. Me sorprendió la rotundidad de una página en concreto. Algo que se sabe pero pocas veces le damos importancia. Algún que otro reportaje se ha emitido. Algún que otro documental también. Pero somos ciegos. Hacemos caso omiso. ¿No llegamos a darnos cuenta de la magnitud de la situación sencillamente porque vivimos en “otro mundo”? Estas son parte de las palabras que formaban esa página…

 

“Pues bien, en África los niños llevan años, muchos, mucho tiempo, matando a otro niños, y en masa. A decir verdad, las guerras contemporáneas que se libran en este continente son guerras de niños.

               Allí donde los combates se prolongan desde hace décadas (como en Angola o Sudán), la mayoría de adultos ha muerto hace ya tiempo, por el hambre o las epidemias; quedan los niños, y son ellos los que continúan las guerras. En el sangriento caos que arrasa diferentes países de África, han aparecido decenas de miles de huérfanos, hambrientos y sin techo. Buscan quien los alimente y acoja. Allá donde hay ejército es donde resulta más fácil de encontrar comida, pues los soldados son los que más oportunidades tienen para conseguirla: en estos países, las armas no sólo sirven para combatir, también son un medio de supervivencia, a veces el único que existe.

               Niños solos y abandonados van allí donde se estacionan las tropas, donde hay cuarteles, campamentos y etapas. A fuerza de ayudar y trabajar, acaban formando parte del ejército: son “hijos del regimiento”. Reciben un arma y no tardan en pasar por el bautismo del fuego.”

 

Ryszard Kapuscinski


Charo Fernández, madre de Ricardo Ortega. EL PAÍS

Charo Fernández, madre de Ricardo Ortega. EL PAÍS

 

   El Derecho a la información en países en conflicto. Este es un tema que estoy tratando en profundidad y al cual llevo dedicada algún tiempo para exponerlo en la asignatura “Ética y deontología profesional”. Un tema que me apasiona y a la vez me involucra en cuerpo y alma. Casualidad o no, hoy he reparado con la entrevista indirecta que hoy ha publicado EL PAÍS en contraportada bajo la pluma de Carmen Pérez – Lanzac. Una entrevista a Charo Fernández, madre de Ricardo Ortega. Una madre con un apellido sencillo, honesto, común y, por ello, humilde, como el de mi madre. Sí, Charo Fernández me recuerda a mi madre.

 

Muchas leyendas se cuentan sobre el origen profesional del periodista Ricardo Ortega. Pero lo cierto es que, el siete de marzo de 2004, dos disparos pusieron fin a la carrera de este brillante corresponsal. Ortega falleció en Puerto Príncipe, en Haití. Tras su trabajo en Antena 3 como corresponsal en Moscú, viajó a este país caribeño para cubrir las revueltas políticas que se estaban sucediendo. Como compañeros llevaba su propia cámara, su experiencia y su soledad. La investigación para determinar las causas de su muerte continúa abierta.

 

Hoy su madre estaba preparada para presenciar un acto de la Fundación Sindical de Estudios. Un acto donde se ha homenajeado a tres profesionales de la información: José Couso, Julio Anguita Parrado y Ricardo Ortega. Los tres dieron su vida por dar a conocer al mundo la realidad de lo que sucede en los países en conflicto. Para que nosotros, desde casa, contemplemos la realidad DE CERCA.

 

“En la vida tan intensa que, en lo bien que hizo su trabajo y en lo feliz que fue. Me digo, al menos por eso me tengo que sentir bien”. Charo Fernández