Banda de Grado Profesional interpretando BOLERO. Por Ángela Paloma Martín

Banda de Grado Profesional interpretando BOLERO. Por Ángela Paloma Martín

El Auditorio Municipal “Pedro Almodóvar” de Puertollano, Ciudad Real, fue el lugar escogido. Durante la tarde de ayer se celebró el II Ciclo de Concierto, el concierto de fin de curso. Los alumnos del conservatorio “Pablo Sorozábal” actuaron en un ambiente espectacular, arropados, como no, por el apoyo de cientos de familiares. Ni una butaca quedó libre en la zona inferior del anfiteatro.

En el encuentro, participaron la Orquesta de Grado Elemental, la Orquesta de 1º y 2º de Grado Profesional, la Banda de Grado Elemental, la Orquesta de 3º y 6º de Grado Profesional y la Banda de Grado Profesional.

Uno de los momentos más esperados fue la intervención de la solista Cristina Olmedo Ibáñez, de la Banda de Grado Elemental. Interpretaron la “Baguira” de Ferrer Ferrán, una Sonatina para Saxofón Alto en Mi b y Banda. Sin embargo, sin duda, el protagonismo vino de la mano de la Banda de Grado Profesional que interpretaron “Bolero” de M. Ravel y “Oregón” de Jacog de Haan. Tras la actuación de esta espectacular Banda, el público aplaudía sin intermitencia para expresar la magnitud de la bella actuación donde los sentidos, que quedan por descubrir en el cuerpo de uno a través de la percepción del sonido, cobraron vida en esa mágica tarde.

Juan Arturo Sánchez Martín, miembro de esta Banda de Grado Profesional que toca el oboe, sonreía sin parar: signo de alegría tras el control del bello arte de la música después de duros meses de trabajo…

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Las Caras en Puertollano. Ángela Paloma Martín 

 

Las Caras en Puertollano. Ángela Paloma Martín

El juego de “las Caras” es una fiesta de Interés Turístico Regional en Semana Santa. Una antigua tradición de Calzada de Calatrava, Ciudad Real. (Pueblo conocido popularmente por ser el que vio nacer al gran director de cine español, Pedro Almodóvar).

Este juego de suerte, prohibido el resto del año, se celebra el Viernes Santo desde por la mañana hasta el Santo entierro de Cristo. Cientos de personas de toda España se congregan en este pueblo manchego para dar cita a esta histórica tradición. No se sabe con exactitud la fecha en la que comenzó a celebrarse. Pero lo cierto es que en ningún sitio se ha visto un juego similar.

Para comenzar el juego se necesitan dos monedas de cobre (del reinado de Alfonso XII) cuyo escudo y caras del rey tienen que estar perfectamente visibles. Una de las personas del corro es la banca. Éste debe juntar las dos monedas de tal manera que las caras del rey queden en el exterior. Esta colocación es muy importante. De echo, es vigilada y, en ocasiones, se pide la comprobación. La suerte es la gran protagonista. Un grupo de personas, los peones, se colocan en círculo, y apuestan grandes cantidades de dinero. La banca apuesta con ellos depositando en el suelo la cantidad de dinero que desea arriesgar. El organizador, cuando ya ha casado las apuestas del corro con el doble de la cantidad apostada, se aparta para que la banca lance las monedas al aire.

Si las dos monedas, al caer al suelo, descubren las dos caras del rey, el organizador gritará ¡caras! y todo el dinero apostado se lo lleva la banca. Si las monedas salen cruces (o escudos), el organizador gritará ¡cruces! y son los puntos, las personas del corro, quienes ganan el dinero de sus respectivas apuestas, incluido el dinero jugado por la banca.

Si al botar y caer en el suelo las monedas de cobre, se descubre que una es cara y la otra cruz, no gana ni pierde nadie. La banca vuelve a lanzar. Al organizador también se le llama baratero. Éste, por cada apuesta, por cada lanzamiento de la banca se lleva una propina, exceptuando las ocasiones en las monedas no coinciden.

Las personas que del círculo han apostado pueden retirarse de la jugada a tiempo siempre y cuando digan la palabra ¡barajo! Ahora bien, esta expresión también puede utilizarse para detener el juego por alguna irregularidad observada en el transcurso de la tirada.

En la actualidad, cada año, esta tradición mueve miles y miles de euros, por no decir millones… En esta antiquísima costumbre de Semana Santa, los peones no  sólo se juegan dinero. También está permitido jugarse tierras, casas, haciendas… Se dice que su origen puede estar en las apuestas que los soldados romanos hicieron con las vestiduras de Jesús una vez que fue crucificado. También se sospecha que fuese motivo el uso que Judas le hizo a las 30 monedas que recibió por vender a Jesús.

Los días previos a Semana Santa, los organizadores o barateros, preparan con ahínco este juego que congrega a cientos y cientos de personas porque, hoy en día, Calzada de Calatrava es el lugar por excelencia donde se celebra. Sin embargo, en otras ciudades manchegas, como Puertollano, también se organiza este juego donde la suerte ocupa el papel más importante.

Anoche, en la madrugada del Viernes Santo, mientras la procesión del silencio iluminaba las calles con la luz de las velas, decenas de ciudadanos puertollanenses hacían sus apuestas…   


Imagen en la iglesia de la Asunción. Ángela Paloma Martín

Imagen en la iglesia de la Asunción. Ángela Paloma Martín

 

Estamos en Semana Santa. Para algunos, estos días de fiesta significarán descanso, relax o reflexión. Otros vuelven a casa, después de muchos meses, para reencontrarse con sus familias. Y, otros, están mirando el cielo continuamente. Temen que una nube arruine meses y meses de preparación. Estos últimos son hermanos de cofradías que se preparan para vestir esta Semana Santa. Para los religiosos practicantes, estos días significan devoción y sentimiento. Rendirse ante la fe y celebrar la muerte y resurrección de Cristo.

Es cierto que, en las grandes ciudades, estas costumbres procesionales se van perdiendo. Las nuevas generaciones vienen renovadas, cuya fe es muy distinta a la que les inculcaban a sus abuelos. Mientras el conocimiento se va abriendo paso entre la sociedad de la información, la fe en la institución “Iglesia” se va perdiendo… Por mucha manifestación pro familia o en contra del aborto que se  celebre…

En los pueblos, los habitantes encalan sus casas, limpian a fondo cada rincón, sacan sus mejores ropas y celebran este acontecimiento acompañados de la mejor gastronomía de la región. Y la peineta que no falte…

En Puertollano, Ciudad real, cada año a las 12 de la noche, se celebra una procesión. Quizás, la de los miércoles, sea una de las que más gentío reúna. Sin contar con la de los viernes por la mañana. Pero es en esta, en la de los miércoles, donde los ciudadanos no se colocan a cada lado de la calle. Esperan en la gran plaza de la iglesia de la Asunción, se colocan como piezas de un puzle entre la escalinata y lo largo de explanada de piedra. Y a ella van llegando los nazarenos con una cruz a cuestas dos veces mayor que sus cuerpos. Arrastran unos pies cansados y descalzos. Y en el silencio de la noche, sólo un sonido: el roce de unas cadenas contra el asfalto, contra el suelo firme. Cadenas que llevan amarradas a tus tobillos cada nazareno anónimo. Y con su cruz a cuestas. Cuando aquellos que tenían promesa llegan hasta su destino, aparecen tres costaleros. Llevan a Jesús en la cruz. Y en el centro de la plaza, antes de entrar a la iglesia, la banda toca el himno. Al compás y con un público expectante, los tres costaleros comienzan a bailar la figura que con tanto esfuerzo han conducido hasta la Asunción. El final acaba con la cruz en pie mientras los fieles rezan… Al bajarla, los ciudadanos de Puertollano que presencian esta procesión, acompañan a los hermanos cofrades hasta el interior del templo.


N420. Por Ángela Paloma Martin

N420. Por Ángela Paloma Martín

ESTE es un tramo de la carretera Nacional 420, en concreto, el que une dos localidades manchegas: Puerto Lápice y Daimiel. A pesar de que mucho se ha hecho por construir la autovía A-43, los automovilistas que viajan desde Madrid hasta Ciudad Real o Puertollano (y viceversa) prefieren pasar por esta nacional española en vez de llegar hasta Manzanares por la Autovía del Sur A-4 o por la misma A-43. Y la razón en obvia: si llegan hasta Manzanares el recorrido se alarga unos 30 kilómetros más.

 

N420. Ángela Paloma Martin

N420. Por Ángela Paloma Martín

 

No obstante, este tramo de carretera romana, de unos 30 minutos de conducción aproximadamente, está en muy malas condiciones. Por ella pasan al día cientos de automóviles y camiones que circulan por ella con muchas dificultades. Su principal ventaja es el ahorro en kilómetros de viaje y combustible. Pero sus inconvenientes se convierten en un peligro para los que circulan por ella.

N420. Ángela Paloma Martin

N420. Por Ángela Paloma Martín

 

Cientos de baches, hoyos y grietas imperan esta carretera. La conducción ha de ser lenta y suave para que el automóvil no sufra las consecuencias de la nefasta infraestructura. Hay que poner los cinco sentidos al cien por cien a la hora de adelantar ya que apenas existen tramos con buena o suficiente visibilidad. Y qué decir de los puntos negros: ellos son los reyes de la carretera.

 

N420. Por Ángela Paloma Martin

N420. Por Ángela Paloma Martín

 

El alquitranado no es homogéneo porque las lluvias y el tiempo han hecho de él un suelo casi intransitable. La pintura que divide los carriles es poco visible. ¿Y los arcenes? No hay hueco en caso de que un coche, un camión u otro tipo de vehículo tuviese que parar por emergencia. En caso de ser así, este interrumpiría la circulación y no abría apenas tiempo de reacción al divisar el obstáculo emergente. Sin embargo, tiene algo bueno (o no, depende): está resguardada bajo el dominio vigilante de la Guardia Civil.


Cuán distinta es la vida en los pueblos… De vuelta a casa, a la casa de mis padres, a la de siempre… Es aquí donde me doy cuenta. Después de pasar largas temporadas en la jungla madrileña, pensamos que en todos sitios será igual: las prisas, el correr, el poco sol, el bullicio del transporte, la muchedumbre multicultural, el contraste de la riqueza y la pobreza en una misma calle céntrica, tiendas abarrotadas, ejecutivos subiendo y bajando por esa Gran Vía, estudiantes abarrotando el metro a primera hora del día, inmigrantes arropados con cartones pidiendo limosna en cada esquina…

 No muy lejos de la capital, a unos 240 kilómetros aproximadamente, se encuentra Puertollano y Argamasilla de Calatrava. Pueblo minero el primero, agricultor el segundo. Castellano manchegos los dos. Mi tierra.

 En Argamasilla huele a humo y a leña al bajar del coche. Los domingos, entre las 6 y las 8 de la mañana, a las mujeres se las encuentran limpiando las rejas de las ventanas de las casas, los batientes, las puertas, de madera, tradicionales algunas, y las aceras. A misa van muchas mientras sus hombres se debaten las cañas en el bar del vecino, o de Quique… Aquí, todo el mundo se conoce, todo el mundo se saluda. Alegres son. Hospitalarios, también. Los jóvenes quedan. No se pierden sus chuletadas, ni sus partidos de fútbol ni de tenis. Los que tocan algún instrumento, como mi sobrino, ya casi un experto en el oboe, ensayan. Preparan ya el concierto de Navidad.

 Entre oficios artesanales pasan los días. Aquí hay pintores y herreros. Cesáreo es practicante. Arsenio vende, como dice mi madre, “de to”. A pesar de la larga espera, todo el mundo va a la ferretería, “anca” Laurentino. Y es que de todo hay en ella, de todo. Por eso, aunque atiendan lentamente, merece la pena esperar. Entre las rejas de su propia casa y con las ventanas abiertas, podemos ver trabajando al zapatero. Y, normalmente, un médico para toda la familia: Don Alfredo. ¿Y el de la viajera? Juanito, mi padre.

 Los que no están en el pueblo, están en las huertas. Arando o echando de comer a las gallinas. Ya huele la leña, ¿la notáis? Ya están preparando las migas, o unas patatas con conejo, o esas gachas que con tanto esmero preparan las abuelas y las tías… El pisto, en verano. Y el asadillo, también.

 Aquí la información llega, pero pocos le dan importancia. Igual que a la crisis. Pocos leen el periódico. Casi nadie. Los informativos de la televisión los ven de pasada. La radio es quizás el soporte más utilizado. Casi todo el mundo la tiene puesta en este pueblo, desde el camionero hasta el panadero. Invierten su tiempo en otra cosa: en su trabajo, en su familia, en sus aficiones campestres. Y, precisamente por ello, así son felices…